
La expectativa se sentía desde semanas antes. Oasis, una de las bandas más influyentes del britpop y el rock de los noventa, regresaba a la Ciudad de México para ofrecer dos conciertos consecutivos, el 12 y 13 de septiembre, en el Estadio GNP Seguros. Para los miles de fans que durante años habían soñado con volver a ver a los hermanos Gallagher juntos en un escenario, estas fechas se convirtieron en un verdadero acontecimiento histórico.
Desde las primeras horas del día la devoción del público mexicano quedó clara. Calles aledañas, estaciones de metro y las inmediaciones del estadio se poblaron de seguidores que lucían el clásico estilo “Gallagher”: chamarras parkas, gorros bucket, tenis Adidas y esa actitud desenfadada que es casi una firma de la banda. Muchos habían acampado desde la noche anterior para asegurarse un buen lugar en pista, y ni la lluvia que cayó durante la tarde logró enfriar el entusiasmo.
A las 6 de la tarde se abrieron las puertas y el acceso fue una pasarela de emociones: familias completas, grupos de amigos y fanáticos de todas las edades que, entre cánticos y pintas de cerveza, avanzaban para ocupar cada rincón del recinto.
La primera descarga de la noche corrió a cargo de Cage The Elephant, la banda estadounidense de indie rock que desde hace más de una década se ha ganado fama de ser uno de los actos en vivo más intensos de la escena alternativa. Fiel a su reputación, el vocalista Matt Shultz apareció desbordando energía desde los primeros acordes de “Broken Boy”, trepando estructuras, corriendo de un lado a otro y contagiando al público de un frenesí inmediato.
El set incluyó temas como Spiderhead, Cold Cold Cold, Ready To Let Go y Social Cues, cada uno coreado por miles de voces que parecían descubrir —o reencontrarse— con la fuerza de la banda. La recta final, con “Trouble”, “Ain’t No Rest for the Wicked”, Telescope y Shake Me Down, llevó la intensidad al máximo justo cuando las nubes dejaron caer grandes gotas de lluvia, como si el clima quisiera sumarse al dramatismo de la noche. El cierre con “Cigarette Daydreams” y “Come a Little Closer” dejó al público en un estado de euforia perfecto para recibir al acto principal.
Tras un breve cambio de escenografía, las luces del estadio se apagaron y el rugido de la multitud se volvió ensordecedor. Tres gigantescas pantallas comenzaron a proyectar imágenes de archivo, collages de la historia de la banda y mensajes que anunciaban que algo irrepetible estaba por comenzar. Con un juego de luces cegador y los primeros acordes de “Hello”, Oasis apareció finalmente en escena, desatando un estallido colectivo de gritos, saltos y lágrimas.
La banda continuó con una ráfaga de clásicos: “Acquiesce”, “Morning Glory”, “Some Might Say” y “Bring It On Down”, todas ejecutadas con una energía que recordaba por qué Oasis marcó a toda una generación.
Uno de los momentos más esperados llegó con “Cigarettes & Alcohol”, cuando se realizó el ya clásico Poznań, ritual heredado de los estadios de fútbol europeos en el que los asistentes se enlazan por los hombros, saltan y giran de espaldas al escenario mientras corean al unísono. En un gesto fraternal que arrancó aplausos, Liam cedió el honor a Noel para que fuera él quien pidiera al público iniciar la tradición, simbolizando la hermandad que por una noche volvió a unir a los Gallagher.
La segunda parte del concierto fue un viaje emocional que alternó potencia y melancolía. “Supersonic”, “Roll With It”, “Talk Tonight” y “Half the World Away” encendieron coros masivos, mientras las pantallas mostraban paisajes urbanos, cielos estrellados y fotografías de la banda en su juventud, como si los fans hojeáramos un álbum de recuerdos en tiempo real.
Luego llegaron “Little by Little”, “D’You Know What I Mean?”, “Stand By Me”, “Cast No Shadow” y “Slide Away”, cada una recibida con una mezcla de euforia y nostalgia que se sentía en cada rincón del estadio. La primera parte del set concluyó con una triada imbatible: “Whatever”, “Live Forever” y “Rock ’n’ Roll Star”, canciones que hicieron cantar a todo el público como un solo coro y arrancaron lágrimas a más de uno.
Después de un breve encore, Oasis regresó para rematar la noche con “The Masterplan”, “Don’t Look Back in Anger” —coreada a capela por todo el estadio mientras Liam observaba con una sonrisa cómplice— y “Wonderwall”, momento en el que Liam apareció portando un sombrero de charro mexicano que desató ovaciones y celulares al aire. El clímax llegó con “Champagne Supernova”, un cierre épico acompañado por fuegos artificiales que iluminaron el cielo capitalino y dejaron a los presentes con la certeza de haber presenciado un pedazo de historia.
Lo vivido en el Estadio GNP Seguros fue más que un simple reencuentro con una banda legendaria. Fue una celebración de la música, de la hermandad entre fanáticos y de la capacidad de Oasis para seguir emocionando a nuevas generaciones. Durante dos noches, la Ciudad de México se convirtió en un gran coro que recordó por qué canciones como Wonderwall o Live Forever siguen siendo himnos atemporales.
Para los que asistieron, será imposible olvidar la imagen de Liam Gallagher, sombrero de charro en mano, despidiéndose entre fuegos artificiales mientras miles de voces cantaban “Champagne Supernova” bajo el cielo capitalino. Oasis volvió, y la capital mexicana respondió con el amor incondicional que solo se le da a las leyendas.
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