
Hay conciertos que son espectáculos y hay otros que son recordatorios de poder. El del pasado sábado en el Foro Cultural Hilvana fue de los segundos. Natalia Doco regresó a la ciudad que la formó —llegó con veintiún años y se quedó un puñado— y durante cien minutos, de las diez y cincuenta de la noche a las doce y cuarenta de la madrugada, entregó un mensaje que no necesita subrayados: la jaula se rompe desde adentro.
Antes, el terreno lo había calentado Pedrina. Colombiana, voz de las que no hacen falta subir de volumen para que la sala se calle. Cantó «Solo quiero» y «Quisiera», y alguien cerca se secó los ojos con la manga, sin aspavientos, como quien resuelve un asunto pendiente. Una mujer calentando el aire para otra mujer: el preludio justo.
Natalia tiene cuarenta y tres años, veintiséis de los cuales los ha pasado fuera de Argentina. Salió al escenario acompañada de Eliott Weingand y Matteo Caburet, que tocan como si llevaran toda la vida haciéndolo —porque, en efecto, llevan años haciéndolo— y armó la noche como un recorrido a través de Hacha, su cuarto disco, publicado a finales de marzo, intercalando canciones de sus tres trabajos anteriores.
Temprano cayó «Cha Cha Trap», himno dedicado a desmantelar las situationships. Con la voz suave cargada de una autoridad que no pide permiso, Natalia le recordó a las mujeres presentes lo que merecen. El mensaje fue un dardo: no romantizar el mínimo esfuerzo. Cortar de tajo, aprender, y darle de lado a esa vibra que ya no suma. Es raro escuchar ese consejo cantado desde un escenario y no en el sofá de una amiga un jueves por la noche.
Hubo un momento, en mitad del set, en que Natalia tomó la guitarra para «Cielo» y lloró. Lágrimas de agradecimiento y liberación, de las otras, las que pasan y la gente se hace a un lado para dejarlas pasar. No estaba sola: el público espejeó el llanto. Esa «brújula del destino» que da subtítulo a la canción era, ahí, la intuición femenina recuperada.
Uno va a los conciertos esperando canciones. A veces le dan otra cosa.
Vinieron los temas nuevos —»BB», «Hacha», «Animal»— y los que el público de aquí ya trae sabidos. «Gatita Blanca» en francés, porque Natalia se permite cantar en francés porque puede, porque vive entre París y un pueblo francés desde hace años, y porque el francés también es suyo.
Y «Gatitude», que Natalia contó que había hecho con Johan Papaconstantino, griego, y que trae dembow latino abajo y cuerdas griegas arriba. La mezcla sonó tan bien y tan rara al mismo tiempo que hubo perreo hasta abajo en el Hilvana, lo que debe ser uno de los pocos lugares del mundo donde se puede perrear una canción con bouzouki al fondo. Eso también es Natalia: una argentina que vive en Francia haciendo colaboraciones con un griego y tocando para mexicanas que le entienden todo.
Llegado el tramo final, apareció «Historia de un Amor». El bolero panameño que Carlos Eleta Almarán compuso en 1955 a raíz de la muerte de su cuñada Mercedes, una de esas canciones que América Latina entera se sabe de memoria sin acordarse de cuándo la aprendió. A Natalia se la heredó su padre, y ella la devolvió al mundo en un cover con Negro Dub: base de cumbia, español y francés enredados, el bolero original convertido en otra cosa sin dejar de ser el mismo. El foro entero la cantó a todo pulmón, uniendo el pasado con este presente de independencia y autogestión que Natalia ha construido con su propio sello, La Casa del Árbol. Ese tipo de canción donde México y Argentina dejan de ser dos países y son uno, por tres minutos.
Después, sin previo aviso, un sampleo del clásico tono de cumbia sonidero que disparó la energía y recordó que la lucidez también se baila. Fue el último estallido antes del cierre definitivo con «Respira».
El público cantaba con los ojos cerrados, como si el aire fuera lo que más necesitaba en ese momento. Y uno miraba a su alrededor y entendía que eso que estaba pasando ahí —tres músicos y varias decenas de mujeres respirando a la vez al ritmo de una canción— era lo que Natalia había venido a hacer. No un concierto. Un ejercicio de respiración colectiva, una invitación a vivir con la disciplina de no traicionarse y la lucidez de habitar el propio presente.
Cuando terminó, el aplauso no fue de los que se apagan rápido. Natalia lloró por segunda vez esa noche. La primera había sido en «Cielo», entregándose; esta era al revés, recibiendo. Se quedó un momento quieta al borde del escenario, dejando que el cariño de la sala le llegara. Llorar dos veces en cien minutos no es debilidad: es cuánto te animas a estar presente.
Unos días antes, en una entrevista, me había dicho que Hacha era una jaula más de las que había tenido el valor de romper. Me habló de la diosa Kali, de que parece una loca desorbitada pero trae lucidez. «La lucidez es amor», me dijo. Viene con un millón de cuchillos, pero en el fondo es amor, porque solamente así se florece: cortando lo que se lleva la alegría, la inspiración, la energía vital.
Salimos del Hilvana a las doce y cuarenta con el alma reseteada. Natalia Doco no solo trajo música. Trajo un hacha para que cada mujer en la sala terminara de romper sus propios barrotes. El destino, después de esa noche, se siente mucho más despejado.
Setlist de Natalia Doco en el Foro Cultural Hilvana, CDMX
Sábado 18 de abril de 2026:
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