
El Festival Machaca volvió a latir en Monterrey con esa mezcla de memoria, intensidad y adrenalina que lo ha convertido en un evento que se reinventa en cada edición. Bajo el concepto Icons Edition, esta entrega no fue solo un desfile de nombres legendarios, sino una experiencia que se sintió en la piel… y también en los huesos, empapados por la lluvia.
Esta edición se vivió como una travesía climática y emocional. Del calor seco de la tarde a una tormenta intensa que terminó por envolverlo todo, el festival se transformó en un viaje sensorial donde cada artista no solo interpretó su música, sino que dialogó con el entorno. La energía nunca bajó; al contrario, creció con cada cambio de clima, con cada nota y con cada gota que caía sobre un público que decidió quedarse hasta el final.
La primera banda en tomar el escenario fue Moorelo, encargada de encender la tarde con un set cargado de energía. Originarios de Monterrey, sus integrantes —Tania Marmolejo (voz), Evelyn Yáñez (batería), Óscar Morquecho (bajo), Dirk Mendoza (guitarra) y René (guitarra)— han construido una propuesta sólida dentro del rock alternativo con tintes indie, apostando por letras cercanas y una instrumentación potente, pero emocional.
Su setlist funcionó como una declaración de identidad: temas propios que oscilaron entre lo melódico y lo crudo, con sencillos como “V”, “Respirar”, “Vacío”, “Rosa y Miel” y, finalmente, “Control”. Canciones que se quedan en la cabeza, con coros que el público adoptó casi de inmediato. Hubo momentos de explosión total, pero también pausas introspectivas donde la voz tomó el protagonismo.
El calor no daba tregua, pero Moorelo logró que nadie pensara en eso. Más que un show, fue una declaración de rumbo: una banda que ya va en camino y que empieza a consolidar una esencia propia dentro de la industria. Su misión era clara: prender el ambiente… y lo lograron.
Conforme el sol comenzaba a bajar, el viento apareció… y con él, uno de los shows más visuales del día. Lindsey Stirling convirtió el escenario en un espectáculo casi etéreo, donde cada movimiento parecía amplificado por las ráfagas de aire.
Su setlist fue un viaje entre lo clásico y lo contemporáneo, con piezas como “Crystallize”, “Darkside”, “Sandstorm / Elements”, “Carol of the Bells” y “Kashmir”, este último, un poderoso cover de Led Zeppelin. Canciones que hicieron vibrar al público. El violín eléctrico no solo se escuchaba, se sentía; y el viento jugó completamente a su favor, moviendo su vestuario y acompañando cada giro, salto y transición. Hubo un punto en el que música y naturaleza parecían perfectamente sincronizadas.
Lo más impactante fue la precisión de Stirling en cada movimiento, manteniendo delicadeza, control y carisma en todo momento. Fue un arranque de velada que elevó la expectativa sin esfuerzo, anticipando una noche cargada de momentos memorables… tanto musicales como climáticos.
La atmósfera cambió con la llegada de Natalie Imbruglia. El viento seguía presente, como invitado en primera fila, pero ahora acompañado por una lluvia ligera que caía casi tímida. Su voz trajo una pausa emocional dentro del festival, un respiro cargado de nostalgia noventera.
En su setlist no faltaron temas como “What It Feels Like”, “Wishing I Was There” y “Wrong Impression”, antes de llegar a los momentos más esperados: “Torn” y “Big Mistake”. No es exageración decir que fueron coreados por un público que parecía viajar en el tiempo.
La lluvia fue creciendo poco a poco, pero lejos de interrumpir, le dio un matiz íntimo a su presentación. Para el cierre, ya caía con fuerza, empapándolo todo… y aun así, nadie se movía. El paso de Imbruglia se convirtió en un momento memorable, no solo por escuchar sus himnos, sino por hacerlo en un clima que parecía entender exactamente lo que estaba pasando en ese instante.
Para cuando The Cardigans subió al escenario, la lluvia ya era parte oficial del festival. Aun así, su presentación mantuvo una elegancia casi inquebrantable, en contraste con un clima que no daba tregua.
Su setlist navegó entre clásicos como “Your New Cuckoo”, “Travelling with Charlie”, “You’re the Storm”, “Lovefool”, “Erase/Rewind”, “Communication” y “I Need Some Fine Wine and You, You Need to Be Nicer”. Uno de los momentos más memorables fue su interpretación de “Iron Man”, cover de Black Sabbath. La reinterpretación, más sutil y melancólica, resonó de forma especial bajo la lluvia constante.
Fue un acto de equilibrio entre nostalgia, sofisticación y resistencia climática. Durante su presentación, la banda demostró por qué sigue vigente: su sonido no solo se mantiene, ha madurado con fuerza y personalidad. En el centro de todo, la voz de Nina Persson conservó ese timbre dulce, pero profundamente incisivo. Sin duda, un show que dejó huella en la noche.
Si la lluvia ya era intensa, con Garbage se volvió completamente salvaje. La tormenta alcanzó su punto más crítico, pero lejos de frenar el show, lo potenció. Shirley Manson dominó el escenario con una presencia feroz, incorporando el clima como parte del guion.
Desde los primeros acordes, la expectativa era clara: había una canción que todos esperaban vivir bajo esas condiciones. El arranque con “There’s No Future In Optimism”, seguido de “Hold” y “Empty”, marcó el tono de lo que venía. Por un momento, pareció que la lluvia cedía… o al menos eso creímos.
Entonces llegó “I Think I’m Paranoid”, y con ella, el cielo volvió a romperse. No pudo haber mejor sincronía. Para ese punto, nadie buscaba resguardarse: entre el frío, el viento y la lluvia, solo quedaba entregarse —bailar, saltar y gritar cada palabra— mientras la banda empujaba todo al límite. Incluso Manson lo dejó claro: no había mejor momento que ese para estar ahí.
El set continuó con “Vow”, “Not My Idea”, “Run Baby Run” y “The Man Who Rule the World”, sosteniendo una energía que no bajaba pese al caos. En medio de esa intensidad llegó uno de los momentos más íntimos: “Lovesong”, cover de The Cure. Bajo la lluvia, la canción adquirió otro peso —más emocional, más colectivo— como si todos compartieran el mismo recuerdo.
El cierre comenzó a tomar forma con “When I Grow Up”, “Stupid Girl”, “Cherry Lips” y “Chinese Fire Horse”, preparando el terreno para el momento inevitable: “Only Happy When It Rains”. Más que una canción, fue una declaración. El punto exacto donde todo —clima, música y público— se alineó. La tormenta dejó de ser obstáculo para convertirse en parte del espectáculo, sellando uno de los instantes más memorables del festival.
Finalmente, “Push It” y “The Day That I Met God” cerraron la noche con un contraste preciso. Dos piezas que, entre la intensidad y la introspección, funcionaron como una despedida que no buscaba explotar, sino quedarse vibrando en el cuerpo mucho después de que la última nota se desvaneciera.
Con el orden ya restablecido y la tormenta finalmente cediendo, dejando apenas una llovizna persistente, suspendida en el aire, y un frío que se pegaba a la piel, Alanis Morissette tomó el escenario no solo para cerrar la noche, sino para darle sentido a todo lo vivido. Lo que antes fue caos climático se transformó en un ambiente casi íntimo, como si el festival entero respirara distinto.
Desde el arranque con “Hand in My Pocket” y “Right Through You”, quedó claro que no sería un cierre convencional. Hubo una narrativa emocional bien trazada: “Reasons I Drink” y “Hands Clean” aportaron ese tono confesional que conecta desde lo vulnerable, mientras que piezas como “Head Over Feet” y “You Learn” funcionaron como puentes hacia una nostalgia compartida, de esas que no necesitan explicación.
El bloque acústico dió inicio con “Rest”, “Mary Jane” y “Perfect”, que bajó las revoluciones sin perder intensidad; al contrario, permitió que cada palabra calara más hondo en un público que, empapado y con frío, seguía completamente presente. Luego, “Ironic” apareció como un guiño inevitable, coreado por todos bajo esa llovizna que parecía no querer irse del todo.
Pero también hubo espacio para la catarsis: “You Oughta Know” rompió cualquier contención, liberando lo que aún quedaba acumulado tras horas de música, lluvia y emociones. Y cuando parecía que no podía ir más allá, el encore llegó con “Uninvited” y “Thank U”, dos momentos que no buscaron cerrar con estruendo, sino con profundidad, con esa sensación que se queda flotando más allá del último acorde.
Para ese punto, el frío ya era parte del cuerpo, la ropa seguía húmeda y el cansancio era evidente… pero nadie quería irse. Porque lo que se vivió ahí no fue cualquier edición.
El Machaca Fest 2026, en su Icons Edition, quedará marcado como una de esas jornadas que se recuerdan por todo: por sus grandes presentaciones, por un clima que puso a prueba a todos y, sobre todo, por un line up poderoso, liderado por mujeres que no solo dominaron el escenario, sino que construyeron momentos irrepetibles.
De Lindsey Stirling desafiando al viento, a Natalie Imbruglia abrazando la lluvia; pasando por la elegancia de The Cardigans y la furia catártica de Garbage, hasta llegar a la profundidad emocional de Alanis… cada presentación fue un acto de resistencia, entrega y conexión real.
Una edición que no solo se vivió: se atravesó. Y que, sin duda, se quedará en la memoria como una de las más intensas, diversas y emocionalmente poderosas en la historia del festival.


