
El 19 de septiembre de 2026, el Palacio de los Deportes de Ciudad de México reunió a dos figuras esenciales del pop sueco. Lykke Li convirtió la nostalgia en un reencuentro emocional, mientras Robyn transformó el recinto en una enorme pista de baile.
Hay artistas que no solamente escuchas: creces con ellos. Sus canciones terminan acompañando etapas, personas, lugares y versiones de ti misma que, aunque hayan quedado atrás, pueden regresar en cuanto suena una canción.
Eso me pasa con Lykke Li.
Crecí escuchándola y durante mucho tiempo imaginé lo que sería estar entre muchas personas cantando «Little Bit». Por eso, verla nuevamente en México, el pasado 19 de septiembre en el Palacio de los Deportes de Ciudad de México, tuvo una emoción muy particular.
Si me preguntas qué significa para mí su música y su voz, probablemente diría que es inigualable: puede ser fuerte y frágil, triste y magnética al mismo tiempo. Es una de esas voces que reconoces inmediatamente y que, de alguna manera, siempre parece llevarte de regreso a algún lugar.
Para mí, Lykke Li es también un referente de mi adolescencia. Y quizá por eso esta segunda visita a México se sintió tan especial.
La primera vez que estuvo en nuestro país nos tenemos que remontar hasta el Corona Capital de 2014. Han pasado años desde entonces y verla regresar provocó una emoción tremenda entre quienes la esperábamos. Pero esta vez había algo todavía más especial: Lykke Li no llegaba simplemente como un acto abridor. Era una invitada especial y tenía su propio espacio para regalarnos un show completo.
Y vaya que lo aprovechó.
Desde que apareció sobre el escenario tenía exactamente esa presencia que esperábamos encontrar.
Misteriosa, sexy, intrigante. Todo lo que uno imagina cuando piensa en Lykke Li, pero presentado de una manera tan sutil que resulta difícil explicarlo.
No necesitaba exagerar nada; su voz, su manera de moverse y esa presencia tan particular eran suficientes para mantenernos completamente atentos.
Y claro, llegó uno de los momentos que todos estábamos esperando: «I Follow Rivers».
Cantarla junto a tantas personas fue, para mí, una de esas pequeñas cosas que alguna vez imaginé y que finalmente estaban sucediendo frente a mis ojos. La nostalgia estaba ahí, pero también estaba la felicidad de poder vivirla de nuevo, ahora desde un lugar completamente diferente.
Y entonces sucedió algo que no esperábamos. Lykke Li cantó un fragmento de “Cucurrucucú Paloma”.
Fue una de esas sorpresas que no necesitas explicar demasiado porque simplemente se sienten. El Palacio de los Deportes quedó atrapado durante unos segundos en esa interpretación y la piel se nos enchinó. Hay momentos dentro de un concierto que no necesariamente necesitan convertirse en el momento más grande de la noche para quedarse contigo, y este fue uno de ellos.
Al terminar su presentación, quedó una sensación bastante clara entre quienes estábamos ahí: queremos una fecha de Lykke Li completamente para ella.
Porque después de verla nuevamente en México, queda la certeza de que todavía queremos escuchar muchas de esas canciones en vivo, cantar fuerte, volver a sentir esa nostalgia y tener más tiempo para disfrutar de una artista que ha acompañado a tantas personas durante diferentes etapas de su vida.
Pero la noche todavía tenía mucho por ofrecer.
Conforme iba pasando el concierto, íbamos entrando en calor. Y un show de drag en medio de dos actos tan poderosos hizo que la noche no se sintiera simplemente como una sucesión de presentaciones.
En representación de Casa Frida, una asociación que funciona como refugio y apoyo para la comunidad LGBTIQ+, el escenario se llenó de baile, mensajes de amor, respeto y apoyo. Los carteles cubrieron el espacio mientras las dragas llevaban toda su energía al público, convirtiendo aquel momento en una celebración de la comunidad y de la libertad de poder expresarnos.
Fue un espectáculo que, además de acompañar la espera, tuvo su propio peso dentro de la noche.
Y después llegó Robyn.
¿Qué puede ser más sexy y existencial que Robyn y el nombre de su tour?
Desde el momento en que apareció sobre el escenario, quedó claro que la noche iba a tomar otra dirección. La energía cambió por completo. Ya no estábamos solamente frente a una artista que veníamos a escuchar: estábamos frente a una mujer que parecía haber llegado con la intención de convertir cada rincón del Palacio de los Deportes en parte de su espectáculo.
Robyn es magnética. Y también es sexy, pero de una manera que va mucho más allá de un cambio de vestuario o de una pose. Está en su actitud, en la manera en que se mueve, en cómo ocupa el escenario y en esa seguridad con la que parece saber exactamente cuándo acelerar la energía y cuándo dejar que una canción respire.
Y el baile fue una parte fundamental de todo.
No era simplemente Robyn cantando mientras nosotros mirábamos. Era Robyn bailando, moviéndose y llevando el ritmo de un lado a otro, hasta que el público terminó siguiendo ese mismo impulso. Poco a poco, las butacas, las gradas y los espacios entre una persona y otra dejaron de sentirse como lugares separados.
Robyn estaba viviendo su primera visita a México frente a un público que llevaba mucho tiempo esperando tenerla cerca, y nos regaló un concierto maravilloso, lleno de movimiento, acercamiento con sus fans, un encuentro sobre el escenario con Lykke Li y mucha, mucha energía; esa personalidad que la ha convertido en una figura tan importante.
Esperamos no tener que pasar más tiempo para otro show de dos figuras tan representativas del pop sueco.
Al final, la noche terminó siendo una mezcla muy particular de emociones y quizá por eso se sintió tan especial.
Porque no fue solamente una noche para escuchar música. Fue una noche para reencontrarnos con canciones que significan algo, para descubrir nuevas memorias y, por unas horas, simplemente disfrutar de estar exactamente donde queríamos estar.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit, sed do eiusmod tempor incididunt ut labore et dolore magna aliqua. Ut enim ad minim veniam, quis nostrud exercitation ullamco laboris nisi ut aliquip ex ea commodo consequat. Duis aute irure dolor in reprehenderit in voluptate velit esse cillum dolore eu fugiat nulla pariatur. Excepteur sint occaecat cupidatat non proident, sunt in culpa qui officia deserunt mollit anim id est laborum.





