La noche en que la colmena volvió a casa: Enjambre hizo del Estadio GNP Seguros un viaje por el tiempo

Foto: Valeria Palacios

«Recordé que no seré un residente de este piso por siempre, y que a todos nos va a devorar esta tierra herida».

Con esa idea rondándome la cabeza, decidí que era mejor lanzarme al concierto de Enjambre el pasado sábado 29 de agosto de 2026.

Desde que me acerqué al Estadio GNP Seguros, la entrada parecía una colmena a punto de abrirse. Había gente con antenas, alas, rayas amarillas y negras, maquillajes improvisados y disfraces completos. Algunas abejitas caminaban tomadas de la mano; otras cargaban su cerveza y unas más buscaban a sus amigas entre la multitud.

Todas revoloteaban por entrar porque sabían bien que la primera fecha había conseguido un sold out.

Y mientras las puertas dejaban pasar a miles de personas, pensé que quizá eso somos los fans antes de un concierto: pequeñas criaturas buscando regresar a la misma colmena.

Una dulce soledad compartida

«Dulce Soledad» fue la canción que definió mi noche.

«Hoy bien pude estar acompañada y romper el hielo donde estaba encerrada; hoy bien pude haber conocido algún amigo; hoy bien pude haber dejado de estar contigo».

Mientras la cantaba, observaba a la gente que sí estaba acompañada, intercambiando sonrisas, palabras y miradas.

«Se divierten, se entretienen, se enamoran, lo sé».

Mientras tanto, todos nos bebíamos como miel la gran noche de Enjambre. No importaba si venías con el intruso de la soledad o si llegabas acompañado: a todos nos tocó beber un gran vaso de miel.

La semana nos partió en dos a todos, pero su «Visita» nos repara cuando nos conecta.

Entonces revivo y empiezo a notar el gran destello en el que está envuelto el escenario. Me recuerda a ese amanecer púrpura que quiero tener algún día para vivir mi propio encuentro del «Tercer Tipo».

El corazón vuelve a latir

Y de repente, la batería empieza a marcarme el ritmo perfecto para bailar.

Con sangre derramada sobre azulejos imaginarios comienza mi «Manía Cardiaca». Con esa canción me curaron el corazón y empecé a sincronizarme con la vida nuevamente, pidiéndole que me dejara aquí un rato. Al fin, vine de paso.

Y en ese paso me crucé con la mirada del vocalista. Él con la mía y con la de los miles de ojos que lo veían con amor.

No me mires con esos ojos, Luis Humberto Navejas, porque me derrites.

Y pensé: «Quiero que vengas a vivir todos los días conmigo». Pero como no se puede, me quedaré escuchando siempre que pueda sus álbumes, desde Consuelo en Domingo hasta Daños Luz.

Al final, este concierto terminó siendo eso: un vínculo sin eras entre nosotros, entre Enjambre y yo.

Gracias por ser mi máquina del tiempo. Gracias por ser mi vínculo.

Hoy no dejaré de sonreír antes de dormir.

Escucha Enjambre:

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