La Gusana Ciega convierte el Auditorio Nacional en un viaje de nostalgia y presente

Gusana Ciega, por Alaín

La noche comienza sentados en las escaleras del Auditorio Nacional, esperando que den las nueve para entrar a ver a La Gusana Ciega. Con un sold out anunciado, la gente va ingresando poco a poco, anticipando el arranque de una velada en la que suenan en la cabeza “Ella estrella”, “Hey!” y “San Miguel”. Todos cruzamos los dedos para que aparezca esa canción, esa que es especial para cada quien.

Los conciertos en el Auditorio tienen siempre esa sensación de intimidad, pese a su tamaño, acompañada de uno de los mejores sistemas de audio de la ciudad. No hay mejor forma de cerrar el primer mes de 2026 que con un concierto de La Gusana
Ciega en este recinto.

 
Como una de las bandas más emblemáticas de México, siempre estables, siempre consistentes y fieles a su género —rock pop—, La Gusana Ciega es ese grupo que no falla. Año tras año han demostrado su calidad como músicos, manteniéndose
firmes en su estilo sin perder vigencia. 

Desde 1995, cuando lanzaron su primer álbum Merlina, llevan ya 30 años entregándonos discos que evolucionan con ellos. Con más de quince álbumes en su repertorio, presentan ahora Claroscuro, lanzado en noviembre de 2025, un trabajo que los muestra en un punto maduro, sin perder su estampa característica.

 
La bruma y las luces revelan a la banda. Visuales que recrean un estudio de caoba —en alusión a la portada de su nuevo disco— dan la bienvenida al público. Es como estar con ellos en su propio estudio: cobijados por un amplio librero que da la espalda a una sala de piel. Sobrio, elegante y maduro, como la Gusana Ciega actual, el ambiente transmite la sensación de que estos hombres ya toman coñac y están a punto de compartirlo con todos nosotros. Era cuestión de tiempo para que Daniel Gutiérrez saliera y enamorara a sus fans. Vestido con un traje color vino que combinaba con sus canas platinadas y con la atmósfera del escenario, se acompañaba de la energía inagotable de su baterista Germán Arroyo y de Luis Martínez, cuyos bajos retumbaron en la piel de todo el Auditorio.

 
El flechazo fue inmediato. La energía cálida de la banda se hizo presente desde el cover de apertura, “Vivir así es morir de amor”, y sin pausas ni silencios, “Entra el agua” llegó como el segundo golpe de la noche. El bajo seguía vibrando en todo el recinto. Los “amantes modernos” se tomaban de las manos y todos cantábamos con el corazón abierto, conscientes de que estos
días no van a regresar. Durante dos horas y media nos dejamos ir: nos fundimos con la música y la bruma, viajamos en el tiempo y regresamos a “1997”.

 
Un azul eléctrico nos devolvió al presente y, bajo una lluvia de estrellas, ellos se convirtieron en vaqueros espaciales mientras nosotros éramos “Venus en la arena”. Entre placer animal, el público pedía más, más canciones. Las luces se apagaron. Un rayo iluminó a Daniel Gutiérrez. Con la presentación de Claroscuro, el Auditorio se tiñó de rosa. Alumbrando con los
celulares y moviendo las manos, acompañamos a La Gusana Ciega en la presentación de sus nuevas canciones. Con cada una volvimos a enamorarnos: de ellos, de la vida, de los noventa. Volvimos a vivir, a llorar recordando amores pasados y a celebrar los presentes.

 
Los invitados no tardaron en aparecer. Coe y Jonas de Camilo Séptimo, subieron al escenario para interpretar “Manzanas doradas”. Madame Recamier acompañó con coros a lo largo del concierto y tomó el micrófono para cantar “Pasiflorine”. Esta noche la música fue más grande que el amor y que la nostalgia. Fueron destellos eternos. Durante dos horas y media, La Gusana Ciega logró volvernos inmunes a los problemas. No hubo estrella que brillara más que ellos en ese momento. Luis Martínez sorprendió al sumar la sensualidad del saxofón en “Acércate poquito”. Su talento es incuestionable; la banda se supera a sí misma como músicos. El sax
dijo lo que las palabras no pueden. Recordó que cuando escapamos de la ciudad son ellos quienes nos acompañan en el trayecto, y tenerlos en el Auditorio es un deleite para la nostalgia.

 
Daniel tomó el micrófono para agradecer al público por acompañarlos en el cumplimiento de sus sueños. Ellos componen y el público pone la magia. Una simbiosis inevitable entre artista y fan: música que llena el alma, que nos identifica y nos ayuda a entender la vida, mientras ellos liberan emociones a través del arte. Nuestra piel cambió a “tornasol”, y una lluvia de brassieres cayó sobre el escenario al ritmo de “Ella estrella”. Y, tristemente —como todo lo temporal—, llegó la despedida. La última canción se
vivió con todo lo que nos quedaba: lanzando pelotas, bailando sin reservas, celebrando porque “Yes Sir, I Can Boogie”.

 
Gracias, a La Gusana Ciega, por tanto.