
Hay artistas que buscan agradar. Otros, como Natalia Doco, vienen a incomodar, a cuestionar y a romper estructuras desde lo más profundo. En su regreso a México, la artista argentina abre una conversación intensa sobre espiritualidad, simbolismo, libertad creativa y resistencia personal alrededor de Hacha, su cuarto álbum: un manifiesto afilado que no pide permiso.
En esta entrevista con Blizz, Natalia Doco habla sobre el poder de la incomodidad en el arte, el peso de la convicción, su independencia creativa y los quiebres que la llevaron a construir su propio camino —lejos de la industria, cerca de su verdad.
Alexis: ¿Qué te parece el lugar? Se llama La Bestia.
Natalia: Ay, Dios mío, me encanta. Es la primera vez que vengo y siento que tiene la estética de todo lo que, cuando era adolescente, me hacía soñar con ser artista. Cada objeto.
Alexis: Me fijé en entrevistas anteriores que, desde niña, tú tenías la vena. Ni siquiera tenías memoria y ya sabías que tenías la cepa de artista.
Natalia: Una idea fija. Muy idea fija, diría. A veces es una obsesión. Me puede ir pésimo, porque hace más de veinte años que me fui de mi país obsesionada con esa idea fija de comunicar, de hacer mi música, de expresar, de crear. Me ha pasado de todo, pero esa idea fija no ha podido caducar jamás. Jamás. Es muy potente.
Alexis: Déjame decirte que esa es una cualidad que no cualquier artista tiene: la resiliencia. Tú mostraste que todos los puntos de quiebre son una manera de reconstruirte. Y creo que en este cuarto álbum, Hacha —un gran nombre—, por momentos suena agresivo, pero un hacha te sirve en caso de estar en el bosque: te ayuda a construir caminos y también a hacer fuego con la madera que cortas. ¿Podrías contarnos sobre algunos de esos puntos de quiebre?
Natalia: Qué lindo lo que dijiste. Qué lindo, porque hay gente que no está preparada todavía, o quizás que toma todo —como se dice en Francia— au premier degré, sin la sutileza de la metáfora. Eso para mí es un poco difícil, porque yo no quiero explicar la simbología. Me parece que la simbología tiene la capacidad de enviar, desde otro lenguaje, un símbolo que abre una comprensión que no tiene palabras. Es energético. Entonces, me cuesta cierto hate que puedo llegar a recibir.
Sepan que no me toca, en lo más mínimo, que me tiren hate. No me toca, porque no hago lo que hago para satisfacer un ego ni una imagen personal. Solo lo hago por convicción. Si no me quebró la industria, imagináte.
Pero anoche reflexionaba sobre esto. Tengo un punto, voy a dar toda una vuelta, pero tengo un punto. Anoche reflexionaba porque una mujer me escribió. Sentía que estaba angustiada en lo que me decía: que por qué hablaba de la Virgen María, si la Virgen María era santa; que por qué traía un mensaje como si fuera sagrado, si todo lo que muestro es totalmente diabólico. La veía angustiada en su sentir, como que realmente le estaban afectando las imágenes y la simbología que uso, y que mi mensaje sea tan sagrado.
Siento que no necesito discutirlo, porque para mí es una verdad tangible. En este mundo de luces y sombras, todo tiene un detrás. No todo lo que es tan claro como el positivismo es sano —el positivismo a costa de todo casi lo encuentro insano—, ni todo lo que está oculto es diabólico.
Ella decía que el arte está destinado a ser bello. Y no estoy tan de acuerdo con eso. Esta mujer me abrió una reflexión. Entiendo que no me comprenda y no le voy a explicar nada, pero me abrió la reflexión sobre los artistas. Los que a mí más me han gustado, los que más han marcado mi camino, fueron disruptivos y fueron malinterpretados en su época.
Mirá a Bob Marley: hoy es el símbolo de la paz, pero era un combativo, un revolucionario, porque tenía una causa. Venía en contra de la injusticia, venía a incomodar, a romper, a poner en duda lo que se había enseñado. Lennon también terminó siendo símbolo de la paz, pero el chabón fue completamente incomprendido y condenado. Su mensaje venía a romper estructuras, a hacer ruido. Disruptivo. En algún punto, en cada disco que saqué, me he sentido muy incomprendida.
Y me fui más lejos, porque me gusta ir lejos. Pensaba en la Biblia. Siempre tuve una sed espiritual muy grande y, cuando era chiquita, lo único que tenía a la mano era la religión. Leí la Biblia cuarenta y ocho mil veces. Estaba apasionada, porque cada vez que la leía entendía algo diferente. Pero a la Biblia no la podés tomar de manera literal: si la tomás literal, se vuelve una religión, y luego viene la Santa Inquisición y cualquiera que conecte con una planta es una bruja diabólica que merece ser quemada en la hoguera.
No podemos tomar la simbología ni las parábolas como una verdad literal, porque precisamente hay una conciencia tan amplia en concepto que no se puede reducir a la palabra. Yo te voy a decir algo a vos y vos vas a interpretar literalmente lo que dije, según tus limitaciones, la manera en la que fuiste educado, tus dolores, tus heridas y el acceso a la cultura que hayas tenido.
Por eso siento —y tengo un punto, de verdad— que todos los profetas de la Biblia fueron malinterpretados. Desde Abraham, Moisés. Ellos recibían una palabra, una visión. Creo que es lo que hacemos los artistas: recibimos una visión, nos obsesionamos con esa visión, porque el mensaje te quema.
Había uno de los profetas que amaba y odiaba su conexión, porque una vez que había entendido hacia dónde había que llevar al pueblo, era incomprendido, todos lo tomaban por loco, le hacían pasar vergüenza, era avergonzado públicamente. A todos los profetas bíblicos les pasó eso, incluyendo Jesús, que terminó colgado, porque su mensaje no era pacífico: era disruptivo.
Con el arte es lo mismo. Los artistas venimos a transformar las cosas que vivimos con cierta belleza. Para mí la belleza es importante, pero también lo es el filo de la palabra. Me puse a investigar —quizás por eso no pude dormir anoche, estaba muy apasionada—, y hay un pasaje en el que Mateo dice que Jesús había dicho: «Yo no vine a traer la paz, vine a traer el filo de mi espada».
Alexis: Suena un poco como el título de tu disco: el filo del hacha.
Natalia: Y esta señora estaba muy perturbada porque mi mensaje es filoso y parece diabólico. Pero hasta la persona que generó una religión que persiste hasta el día de hoy, y que incluso ha generado guerras, no venía a traer la paz. Venía a romper la estructura que aprisiona a las personas. Y esa estructura es la estrechez mental: quedarse con un punto, no querer soltarlo, nunca crecer ni dejar morir ese concepto hasta el día en que te morís. A mí eso me parece tristísimo, y no es la vida que quiero vivir.
Si me tengo que morir cuarenta veces a mis propias ideas, lo voy a hacer, porque la persona que va a renacer después de haber aceptado morir va a ser más amplia. Y más amplia. Y más amplia. Si no vine para eso, ¿para qué vine? ¿A quedarme encerradita en una jaula? No. Hacha es una jaula más de las que tuve el valor de romper. Y no es solamente para mí, sino para todas las mujeres que conozco y que viven a mi alrededor, limitadas por la estructura del pensamiento estrecho. Ese era el punto al que quería llegar.
Siento que, cuando estás a un paso de liberarte, todas las resistencias se van a poner al palo, y vas a sentir una sensación agonizante, el dolor. Una vez que te entregás, hay unas barreras que se caen, unos barrotes que se caen, y se siente expansivo, hasta que tengas que pasar al siguiente nivel. Vale la pena vivir así.
Alexis: ¿Ciertamente vale la pena?
Natalia: Sí, vale la pena. Porque siempre hay un punto de conocimiento mayor. Si no me hubiera permitido morir a todas mis ideas estrechas, no los habría conocido.
Entiendo que no todo el mundo vino a vivir la misma experiencia a este mundo. Hay espacio para todo y para toda decisión. Pero, si pienso en el libre albedrío, es tener la capacidad de pensar y de sentir por mí misma, y no como me dicen que tengo que sentir y pensar. Creo que por eso tengo esa valentía. Y la valentía no es ir en contra de todo como un toro. Yo lloro un montón, me cuestan las cosas, como a todos: hacer música, poesía, comunicar, autosostenerse sola —porque soy independiente en este mundo— y lograr las cosas.
Empecé a los diecisiete y hoy tengo cuarenta y tres. En noviembre del año pasado toqué por primera vez en mi país, y me lo solventé yo misma. Me cuestan las cosas como a cualquier persona, pero la convicción es tan grande que siento que vale la pena. Hay un sacrificio enorme. Cada vez que tuve que mudarme de ciudad, dejar familia, dejar novio, dejar casa, dejar lo conocido, lo hice por convicción. Es muy grande mi compromiso con la convicción, con lo que escucho y con lo que veo en mi mente. Me importa mucho más que todo lo demás, incluyendo la aceptación social. Y no digo que sea fácil: es durísimo. Me cuesta. Pero no es que me cueste que me rechacen o que me digan «ay, diabólica».
Alexis: Es un hate que sabes sostener, porque confiaste en tu capacidad y en lo que resolviste antes. Nos contaste que tocaste por primera vez en la Argentina y lo solventaste tú misma. Ahora tienes también tu sello discográfico, La Casa del Árbol. Son proyectos autogestivos. Creo que ahí está tu capacidad también.
Natalia: Sí, son autogestivos. Precisamente porque la única vez que estuve firmada por una discográfica hice todo lo posible por salirme, porque fui muy infeliz. Fue en mi primer disco, Mucho Chino. Tenían una idea de lo que querían que yo fuera y sentía que no me escuchaban.
Yo tengo una visión. No es que quiera ganar en el discurso de «quiero hacer esto, quiero hacer lo otro»: tengo una visión y no puedo traicionarla. Es más fuerte que yo. Como uno de esos profetas que leía ayer, que decía: «Odio el mensaje y al mismo tiempo lo amo; pero lo odio, porque me quema por dentro». A mí me pasaba eso. Sentía que no me escuchaban. Me decían: «Pero vos tenés que ser así para vender acá». Y me desesperaba, porque tengo esto que me quema por dentro. No me limiten con cosas de venta. Me cagaré de hambre y tardaré veinte años en ir a tocar a mi país, pero, por favor, necesito que sea así, porque así es como lo escucho, así es como lo veo. Me resultaba desesperante. Por eso también abrí la discográfica: para poder producirme, para no sentir que me iban a limitar.
Alexis: Me encanta esa parte en que no tienes que explicarle nada a nadie. Como me diste a entender, todos estamos traumados con las palabras en sí mismas. En esa línea, del lenguaje, noto que además tienes una mente cosmopolita. ¿Cómo sueñas tú? ¿En qué idioma de los que cantas y hablas: francés, inglés, español?
Natalia: Un quilombo es mi sueño. Creo que nadie quisiera estar en mi mente cuando sueño: hay un lío. Además, siempre estoy muy apasionada con la conexión con las personas. Mi mundo se conforma de todo lo que vi y todo lo que escuché. Cuando me siento a charlar con alguien, le voy a preguntar diez mil cosas, veo lo que me van contando, y todo eso coexiste en mi mente. Estoy apasionada por la humanidad, en algún punto. Así que mis sueños son muy raros: pueden venir en cualquier idioma, con simbologías muy extrañas. Me gusta escribirlos también, traen una cierta riqueza simbólica, porque las palabras están limitadas por la connotación y la interpretación.
Alexis: ¿Y algún día vas a publicar un libro al respecto?
Natalia: Quizás en imágenes. Sería bueno. Sí, sería muy bueno.
Alexis: Nosotros estamos encantados con todo el material que lances. Una última pregunta, no podemos negar que estamos viviendo un orden mundial en transición, pero creo que tu esencia rebelde va a seguir siendo la misma. En este punto de tu carrera, ¿cómo buscas colaborar en el futuro con otros artistas? Y en México, ¿cómo ves la escena? Supe que tuviste una experiencia agridulce en el pasado en nuestro país. ¿Cómo ha cambiado esa situación?
Natalia: Creo que, hoy en día, los recuerdos que tengo de haber vivido en México son solo gratitud. Porque yo pude cantar. Cuando me fui a los veintiún años de mi país, gracias a que México me abrió las puertas, desde el día uno hasta el día que me fui —que fueron muchos años—… Bueno, una mujer, por ejemplo, cuando da a luz, se muere del dolor, y luego quiere tener otro hijo, porque olvidó el dolor.
Las cosas difíciles que me han pasado —tanto en mi país, como en México o en Francia, a lo largo de mi carrera como artista— me las he olvidado. Me quedé con lo que siento que me fortaleció, y siento gratitud. Mucha gratitud con todas las experiencias.
En este mundo de apariencias, del que te hablaba, todo parece una cosa, pero, en realidad, hay que mirar más atrás, porque puede que sea otra. Como la diosa Kali: parece una loca desorbitada, pero, en realidad, trae lucidez. Es amor, la lucidez. Se permite cortar de cuajo con todo lo que está envenenando tu vida, lo que se está llevando tu energía vital. En el fondo, viene con un millón de cuchillos, pero esa lucidez es amor. En el fondo. Porque solamente así vas a florecer: si empezás a cortar las cosas que se están llevando tu alegría, tu inspiración, tu energía vital.
Quiero decir que nuestra vida en esta tierra es limitada, y que, si estás dando cualquier cosa a cualquier persona sin lucidez, sin conciencia, sin disciplina, se te va la vida. La desperdiciás. Y eso sería una pena, porque, por lo menos las personas que somos hoy, vamos a vivir una sola vez. Después, no sabemos si hay más vida después de la muerte.
Siento que los obstáculos, finalmente, se ven como obstáculos, pero nunca hay que pararle, porque el obstáculo forja tu carácter y es una promesa de un poder a desarrollar. Y eso no hay que perdérselo. Nunca.
Alexis: Muchas gracias, Natalia.
Natalia: Fue un gusto.
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