
Después de años fuera de los escenarios Enrique Bunbury volvió a pisar un escenario mexicano, y lo hizo con una entrega que dejó claro por qué sigue siendo un pilar del rock en español. El “Huracán Ambulante Tour” es un acto de redención, de reencuentro con el arte y de teatralidad y que demuestra la potencia emocional y sonora que solo él puede conjurar.
La noche arrancó con una introducción musical orquestada que evocaba el universo sonoro de los antiguos circos: misterio, nostalgia y expectación. El escenario —cubierto por telas rojas como las cortinas de un teatro antiguo— se transformó en una pista donde todo era posible. Cuando Bunbury apareció, vestido con un traje rojo que lo hacía parecer el maestro de ceremonias de este carnaval emocional, el estadio explotó. Desde ese primer instante, la energía se mantuvo en lo más alto, casi como si nadie quisiera soltar ese momento que duró toda la noche.
El setlist fue un repaso amplio y equilibrado de su trayectoria, desde clásicos indispensables hasta joyas recientes. Abrió con “Otto e mezzo” y le siguieron temas como “El club de los imposibles” y “El extranjero”, cantados con fuerza y entregados como un manifiesto.
Hubo momentos de gran profundidad emocional como en “Infinito” o “Para llegar hasta aquí”, donde la voz de Bunbury se sintió más humana y cruda que nunca. Pero también hubo espacio para el desenfreno con canciones como “Apuesta por el Rock ‘n’ Roll” y “Las chingadas ganas de llorar”.
El encore fue apoteósico: con “Parecemos tontos”, “Serpiente”, “El jinete” y el cierre perfecto con “Y el final”, Bunbury se despidió en alto, dejando un silencio cargado de emociones que tardó en romperse.
El concepto visual fue tan protagonista como la música. La escenografía con cortinas carmesí reforzó la estética teatral, íntima y grandilocuente a la vez. La iluminación jugó con contrastes dramáticos, creando atmósferas para cada canción: desde la penumbra introspectiva de “Sácame de aquí” hasta la euforia incandescente de “Sí”.
Todo el show se sintió como una obra dividida en actos, una narrativa escénica perfectamente pensada para envolver al público en una experiencia sensorial total.
Este regreso no fue una simple presentación: fue un manifiesto. Un recordatorio de por qué Enrique Bunbury es uno de los artistas más grandes del rock en español. Su voz, su presencia escénica y su capacidad para reinventarse lo convierten en un verdadero huracán ambulante: impredecible, potente y lleno de vida.
El 25 de junio no solo vimos a un músico volver al escenario. Fuimos testigos de un ritual: el reencuentro de un artista con su público, con su historia, y con una pasión que sigue ardiendo.


