
El pasado domingo 12 de octubre, La Reserva Educare volvió a llenarse de color y sonidos con una nueva edición del festival Día de Campo. Desde temprano, el aire se impregnaba de calma y emoción. Mantas extendidas sobre el pasto, grupos de amigos compartiendo tragos y risas, y una sensación general de desconexión del ritmo cotidiano. Todo fluyó sin poses ni pretensiones, como si el tiempo se hubiera detenido un poco para que todos pudieran respirar.
El concepto se mantiene intacto: música al aire libre, naturaleza, comunidad y esa estética que hace que cada detalle , desde las luces hasta el olor del campo parezca formar parte de una misma composición.
La jornada tomó forma con la actuación de Paloma Morphy, una de las artistas más interesantes de la nueva escena mexicana. Su presencia, delicada y poderosa a la vez, marcó un punto de conexión emocional entre el público y el entorno. Con una propuesta que flota entre el soul, el R&B y la experimentación electrónica, Paloma ofreció un set que parecía hecho a medida para el paisaje de La Reserva: íntimo, envolvente y profundamente humano.
Entre luces cálidas y un público atento, sus canciones se sintieron como mantras para el alma, abriendo el corazón del festival con una vibra suave y luminosa.
Después llegó el turno de Pablopablo, el artista español que ha sabido construir un universo emocional propio, donde lo minimalista se vuelve gigantesco. Su presentación fue una de las más celebradas del día: una mezcla entre introspección y baile, con ese estilo tan suyo que combina pop experimental y electrónica sutil.
Temas como “Tiritas” o “Todo lo que no” resonaron entre los árboles, con una honestidad que hizo que muchos cerraran los ojos por un momento. Pablopablo logró lo que pocos: hacer bailar al público sin romper la calma del día, manteniendo esa energía suspendida que caracteriza al festival.
El cartel de este año prometía una jornada inolvidable con Disclosure, Caribou, RØZ, Pablopablo y Paloma Morphy. Sin embargo, uno de los momentos más esperados se quedó en pausa. A través de sus redes sociales, RØZ explicó que el mal clima complicó su itinerario: quedaron varados en Phoenix y no lograron llegar a México a tiempo. “Nos hubiera encantado estar ahí”, escribieron.
Lejos de generar molestia, el público respondió con comprensión y cariño. Tal vez porque el espíritu del Día de Campo siempre ha sido eso: entender que lo importante no es el control, sino el fluir.
La ausencia de RØZ abrió un espacio que Caribou supo llenar con maestría. Su presentación se sintió como una meditación colectiva, un momento de calma previa a la euforia. El productor canadiense transformó el campo en un escenario hipnótico: beats envolventes, texturas ambientales y una energía serena que conectó con el atardecer.
Hubo algo terapéutico en su set. No se trató de bailar frenéticamente, sino de habitar el sonido, dejarse atravesar por él. Fue un reset emocional antes del gran cierre.
Y el estallido llegó con Disclosure, encargados de cerrar la jornada con un DJ set que se sintió como una descarga eléctrica sobre el campo. La multitud respondió con energía pura: cada beat era una exhalación colectiva, cada drop un punto de euforia compartida.
Los hermanos Guy y Howard Lawrence demostraron por qué siguen siendo uno de los actos más magnéticos del house contemporáneo: precisión, groove y conexión real. Nada más. Nada menos.





