
Derramar el tiempo, el nuevo álbum de El Mulu, vio la luz el día de hoy. Un proyecto construido de la materia con la que se hacen las despedidas largas; el viento, la tierra húmeda, la sangre todavía tibia de lo que alguna vez estuvo vivo.
Escucharlo es entrar a una caminata sin mapa. Desde los primeros acordes se abre un sendero de grama verde, de parajes suaves, casi intactos, como si el disco quisiera engañarnos por un instante antes de revelar que debajo de toda contemplación existe siempre una fractura.
Hay algo profundamente modernista en este álbum. No modernista en el sentido frío de la vanguardia que presume su artificio, sino en esa sensibilidad de ruina elegante que tenían los que veían en la naturaleza el espejo exacto de la devastación humana. Derramar el tiempo está lleno de aluviones, cismas, volcanes, tormentas. El paisaje nunca es únicamente paisaje: es una extensión de la herida.
En “Tiempo viejo”, una de las piezas más desgarradoras del álbum, la voz lírica canta que creció “como huracán”, pero incluso después del desastre, la persona evocada sigue siendo “su mejor poema”. Ahí yace una de las intuiciones más férreas del disco: el amor no desaparece con la catástrofe; sobrevive como una ruina que todavía respira. La canción le pregunta al viento cuánto falta para naufragar, y la pregunta pesa porque en realidad ya se está hundiendo. Sólo que hay naufragios lentos, naufragios que todavía alcanzan a cantar.
Ese tono recorre todo el álbum. Derramar el tiempo habla del desarraigo, de la separación, de la desunión, pero jamás desde la distancia clínica. Aquí todo ocurre con el cuerpo abierto. En “La fiesta” aparece una declaración casi ritual:
“Hacen falta furia, sangre, cuerpo y gravedad”.
Y luego:
“Baila, jala el gatillo”.
La repetición convierte la frase en un trance. El baile y la violencia se funden como si amar fuera también dispararse a uno mismo. Incluso la oscuridad, dice la canción, termina por morir. Pero antes hay que atravesarla. Hay que danzar dentro de ella.
Lo mismo ocurre en “Volcán (hacer lo imposible)”, donde la metáfora abandona cualquier pudor y se vuelve literal: “te arrojaste a la boca del volcán”. Las imágenes del disco son brutales porque la experiencia que narran también lo es. Antes de cantar victoria, quedan los recuerdos manchados de sangre; “era tu sangre”, dice la canción, y entonces entendemos que aquí nadie sale ileso. El álbum no romantiza la destrucción: la contempla de frente, como quien observa una ciudad arder y aún así decide quedarse hasta el final.
Quizá por eso las guitarras son tan importantes. No acompañan las canciones: las desgarran. Rasgan cada recuerdo cercenado de esta historia que terminó. Hay momentos en que parecen olas golpeando un acantilado; en otros, se sienten como ramas quebrándose en mitad de una tormenta. Todo el disco posee esa textura orgánica, viva, donde los instrumentos parecen respirar junto a las letras.
Y sin embargo, Derramar el tiempo no es un álbum desesperanzado. Lo notable es que nunca promete un sol inmediato después de la tormenta. No vende redenciones fáciles. Lo único que ofrece es una mano. Una presencia. La posibilidad de no atravesar solo el aluvión.
Por eso “Tesoros”, la última canción, termina siendo el verdadero corazón del disco. Después de toda esta odisea de derrumbe, el álbum baja la voz y comienza a murmurar. Como quien, después de sobrevivir al desastre, apenas encuentra fuerza para volver a hablar. “Te regalo mis tesoros”, canta, “y un amor gigante lejos del pasado”. Entonces aparece una ternura distinta, una especie de rendición luminosa. Ya no se trata de salvar lo perdido, sino de aprender a caminar con las ruinas sin que terminen devorándonos.
“Donde quieras ir, sopla y yo me dejaré volar”.
Hay algo profundamente humano en esa línea. No porque resuelva el dolor, sino porque acepta el movimiento. Porque entiende que a veces sanar no significa reconstruir lo que se cayó, sino permitir que el espíritu vuelva a primaverar entre los restos.
Eso hace Derramar el tiempo. Abraza. Acompaña. Se sienta junto a quien acaba de perder una era, una comunidad, una unión, y le recuerda que incluso cuando las voces que se extrañan ya son otras voces, todavía existe música capaz de sostener el derrumbe.
Ahora que el álbum se estrenó, y escucharlo se siente menos como descubrir un disco y más como encontrar a alguien que ya había vivido nuestro propio desastre antes que nosotros.
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