
El pasado sábado 9 de mayo, el Espacio X del Centro Cultural de España en México (CCEMX) dejó de ser una coordenada en el Centro Histórico para transformarse en un organismo vivo. La Edición Especial 8000 km del ciclo Inercias no fue un concierto al uso, sino una colisión de talentos donde España y México borraron sus fronteras en un formato que se sintió más como una reunión de viejos amigos que como un showcase de artistas formal.
La noche arrancó sin formalidades. Como si hubieran invitado al público a la sala de su casa, Angie Sánchez y Ricardo Moya fungieron como anfitriones. El escenario presentaba un rincón acogedor: un sofá de cuero negro y un gran potos que traía la naturaleza al recinto. Angie, con su guitarra acústica adornada con adhesivos, se sentía como en casa, mientras Ricardo daba pie al programa de 8000 km. Fue ese rincón el que dictó el tono de camaradería que permearía toda la velada.
Angie Sánchez, compositora e instrumentista toledana forjada en la escena del blues de Madrid, fue la encargada de inaugurar el puente sonoro. Su set comenzó con Vecna, una atmósfera inspirada en la serie Stranger things que fluyó hacia temas como Punto muerto y A contraluz. Escucharla en directo es asomarse a sus «bitácoras vitales»: ese despertar artístico que ella misma describe como una salvación en medio de procesos personales complejos.
La atmósfera cobró una fuerza distinta cuando Brillo tomó el relevo. Más allá de su frescura sonora con temas como souvenir, la potosina lanzó un mensaje que se quedó vibrando en el aire: la importancia vital de convencernos de dejar de recibir migajas en cualquier relación amorosa. Fue un manifiesto de empoderamiento que transformó su presentación en un espacio de reflexión compartida sobre el valor personal.
Posteriormente, Ricardo Moya desgranó Voy a estar bien, Dientes de sable, Aparcamiento y No está de más, demostrando que su rock de autor tiene una potencia difícil de ignorar. Su voz y presencia marcaron el punto de transición hacia sonoridades más atmosféricas.
Por su parte, Molinette Cinema elevó la apuesta técnica usando un sampler de pocket operator de teenage engineering como baterista para interpretar temas como Arruinarlo todo, Ansiedad, Tiempo, Cuando regreses a mí y Mariana. La mezcla de pop, funk y rock construyó paisajes sonoros nostálgicos y vanguardistas que cautivaron a la audiencia.
Posteriormente, Ricardo Moya desgranó Voy a estar bien, Dientes de sable, Aparcamiento y No está de más, demostrando que su rock de autor tiene una potencia difícil de ignorar. Su voz y presencia marcaron el punto de transición hacia sonoridades más atmosféricas.
Por su parte, Molinette Cinema elevó la apuesta técnica usando un sampler de pocket operator de teenage engineering como baterista para interpretar temas como Arruinarlo todo, Ansiedad, Tiempo, Cuando regreses a mí y Mariana. La mezcla de pop, funk y rock construyó paisajes sonoros nostálgicos y vanguardistas que cautivaron a la audiencia.
El clímax de la noche comenzó con Serena. La artista fue la encarnación de la identidad pura e interpretó sus sencillos El fin y Sola. Hija de un legado de tres generaciones de músicos, dio una cátedra con una impresionante voz de flamenco y su guitarra clásica. Además, probó sutilmente material inédito que verá la luz en los próximos días, demostrando una destreza vocal camaleónica que parece de otro planeta.
Esa energía preparó el terreno para el magnetismo de FRNCE. Con un atuendo rojo vibrante de volantes y transparencias que fluía con cada movimiento, se apoderó del escenario. Su voz suave y cautivadora envolvió el recinto con Tragedia, Mujer mexicana, Dos poetas y su próximo sencillo Lloré en el metro, mientras el resto de los artistas la observaba con admiración desde el sofá.
El broche de oro llegó con Aitor Bengoetxea, conocido como Bengo. Directamente desde el País Vasco, trajo el lenguaje del trap y la electrónica con temas como Beldurrik gabe, Hemen gaude y Bueltatzen. Fiel a esa inquietud de los raperos que hacen del escenario su propia fiesta, logró que el público terminara totalmente entregado al caos festivo con sus potentes ritmos urbanos.
Al salir del Centro Histórico, queda una reflexión profunda: lo que presenciamos fue una verdadera estrategia de diplomacia cultural. A través del ciclo Inercias, el CCEMX no solo organizó un concierto, sino que tendió un puente de ida y vuelta.
Esta edición especial es la prueba de que cuando los artistas comparten el escenario y mezclan sus canciones, están construyendo algo mucho más grande que una melodía. Se trata de crear cadenas de valor culturales iberoamericanas y de entender que el crecimiento de nuestra escena depende de estas alianzas. Al final, se cumplió el objetivo más noble: vincular territorios y generar sinergias que nos recuerdan que, a uno y otro lado del Atlántico, hablamos el mismo idioma cuando suena la música.
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