
Así fue la reciente presentación de Capital Cities en la Ciudad de México, donde la nostalgia y la euforia se unieron en un solo latido para quienes alguna vez corearon sus himnos durante la adolescencia.La banda originaria de Los Ángeles, California, formada por Ryan Merchant y Sebu Simonian, es conocida por crear sonidos que fusionan lo mejor del synthpop y el electropop, envolviendo al público en melodías luminosas que invitan a bailar. Aunque fue en 2008 cuando comenzaron este proyecto, no fue sino hasta 2011 cuando alcanzaron un éxito global con temas que quedaron tatuados en la memoria colectiva como “Kangaroo Court” y “Safe and Sound”.
Ahora, tras un largo periodo de ausencia en tierras mexicanas, su regreso fue celebrado en La Maraka, recinto que sirvió como escenario para revivir esos recuerdos y también para crear otros nuevos.
La noche comenzó pasadas las 9:00 p.m. con la participación de Adrián Cota, quien minutos antes del show nos regaló una charla amena donde compartió su entusiasmo y la esencia de su proyecto. Dueño de un carisma natural y un ritmo que lleva en las venas, Cota se plantó en el escenario con su batería y su voz para abrir la pista de baile. Su set fue enérgico, vibrante y lleno de ocurrencias que arrancaron carcajadas y aplausos del público.
Más allá de presentar su música en vivo por primera vez en este formato, Adrián Cota logró algo invaluable: conectar. En su breve, pero contundente presentación, dejó claro que la música latina sigue latiendo fuerte y que su propuesta tiene todo para seguir creciendo.
El segundo acto de la noche llegó alrededor de las 10:00 p.m. con Tonga Conga, proyecto liderado por Raúl Sotomayor, conocido por su exploración de sonidos tropicales y electrónicos. Desde los primeros acordes, el ambiente se llenó de sintetizadores, percusiones y una vibra caribeña que remitía por momentos al funk robótico de Daft Punk, pero con una identidad propia.
La voz hipnótica de Marlenne Hetaki (@marlunnar) aportó ese toque que transformó el escenario en una pista de baile que bien pudo haber durado toda la noche. Sin embargo, el público, impaciente por ver al acto principal, no supo entregarse por completo a la propuesta. A pesar de la calidad del show, los asistentes comenzaron a mostrar señales de cansancio, lo que desembocó en algunos abucheos, reflejo más de la espera que de la música misma.
Tonga Conga demostró tener un enorme potencial y un sonido que merece más espacios y oídos dispuestos a dejarse llevar.
Al filo de las 11:30 p.m., mientras las luces del escenario jugaban con los ánimos del público, algunos asistentes comenzaban a impacientarse. Entre bromas sobre la edad, el transporte público y el cansancio físico, los gritos de “¡ya salgan!” se mezclaban con risas cómplices que sólo quienes han sido testigos de conciertos en esta ciudad pueden entender.
Pero todo valió la pena. Cuando Capital Cities finalmente apareció, el fastidio desapareció como si nunca hubiera existido. En cuanto sonaron los primeros acordes, el recinto se llenó de euforia. El dúo sabe perfectamente cómo transformar la espera en una recompensa: cada nota, cada luz, cada movimiento fue un recordatorio de por qué su música sigue vigente.
El repertorio fue un viaje a través del tiempo: canciones como “Swimming Pool Summer”, “Origami”, el cover de “Stayin’ Alive”, “Venus & River” y por supuesto los éxitos coreados a todo pulmón, “Safe and Sound” y “One Minute More”, desataron una ola de baile y sonrisas que se extendió hasta el último segundo.
Además de revivir sus éxitos, Capital Cities compartió dos temas inéditos que formarán parte de su nuevo proyecto musical, mostrando que, aunque el tiempo haya pasado, su creatividad sigue en movimiento. Entre canciones, aprovecharon para enviar un mensaje claro: rechazo a la guerra, al odio y al genocidio, y un llamado urgente a la paz, al amor y a la empatía en estos tiempos.
La noche cerró como debía: con un estallido de baile y gratitud. Capital Cities demostró que hay bandas cuya esencia permanece intacta, porque no sólo viven en las listas de reproducción, sino en la memoria emocional de quienes crecieron escuchándolas.
Entre luces de neón, sudor y sonrisas, el público se despidió con esa sensación dulce de haber vivido algo especial. Porque, aunque el tiempo pase y las responsabilidades pesen más, siempre habrá noches que nos recuerden que no importa la edad: seguimos bailando.





